sábado, 19 de mayo de 2012

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 Yo escribía y sé lo que es eso. He tenido rachas de hasta dos cuentos por semana, acababa uno y ya tenía casi pensado el siguiente. No todos buenos, había de todo, algunos no había por donde cogerlos, pero otros tenían su encanto. Escribía cuentos cortos, o no tan cortos, algunos de una página, otros podía tener hasta quince páginas y los microrelatos me salían a veces de dos líneas o tres. Estaba enganchadísimo. Al principio empecé a escribir por impresionar a una muchacha que no me hacía ni caso. Aurora escribía poemas. A mí los poemas nunca se me han dado bien, no siento el ritmo, lo he intentado pero no he sido capaz. Lo mio era el relato breve. Aurora ni se enteró de que yo existía pero yo me quedé enganchado a la escritura. Al principio no se lo comentaba a nadie, me avergonzaba un poco, notaba que estaba mal visto, o me parecía a mi. Yo era joven y tenía un corazón salvaje, me sentía rebelde, provocador, aunque no escribía nunca de política ni temas sociales, casi siempre de sucesos extraños, cuentos góticos. Yo decía que escribía relatos fantásticos porque a la gente mis relatos le parecían fantásticos. Era una especie de chiste. Creo que tenía el gusanillo desde niño, lo mismo me podía haber dado por tocar algún instrumento o la trigonometría o el ajedrez. Lo peor era que no me conformaba con escribirlos, luego quería que la gente los leyera, y luego tenía curiosidad y me gustaba saber qué les había parecido. Al principio era fácil, llevaba siempre uno doblado en el bolsillo y en los lugares de encuentro nos echábamos el ojo y hacíamos intercambio: Tú lees lo mio, yo leo lo tuyo. Conocías gente nueva. Para mi la escritura y la contabilidad son muy parecidas, en serio. Es coger un papel y poner en orden el mundo. La diferencia fundamental es que la escritura es una obsesión y la contabilidad te da de comer. También la contabilidad puede ser un arte, soy bueno punteando y cuadrando, sé cuando se pueden romper las normas y arreglarlo más adelante, no como otros que sólo saben... en fin, que puede ser un arte como la escritura. Cualquier cosa que hagas con cariño y respeto. Mi primer trabajo fue en Aluminios del Sur. Don Luís me invitó a café. A mí me extrañó porque nunca me hablaba. Me miró a los ojos, muy serio, dijo que le habían llegado informes sobre mí afición literaria. Yo le dije que no, pero él me decía que daba igual, él no se metía, le gustaba cómo llevaba las cuentas y le daba pena. Sólo me dijo eso. Pagó el café y se lo dejó entero. Ya no me volvió a hablar del asunto. En realidad no vovió a hablar de nada. Estuve un tiempo escribiendo para mi, pero aquello no era suficiente. Me río de la gente que dice que escribe para si mismo. A veces seleccionaba alguno y lo enviaba por correo electrónico a algún conocido de confianza, preguntando si sabía de donde podía haber salido ese cuentecito que me habían mandado anónimamente. Lo solían devolver diciendo que no tenían ni idea de donde procedía el texto y algunos comentaban como de pasada que por cierto el cuento tiene un final demasiado brusco, o que en líneas generales le había gustado. Algún comentario que matara el gusanillo. Aquello era muy absurdo. Locuras que se hacen. Incluso me apunté a una lista de correo con nombre falso y estuve en varias lecturas clandestinas, pero aquello era jugársela. Perdí a varios amigos aquella temporada, no amigos íntimos pero sí conocidos, que los dejas de ver ¿y este? ¿dónde se ha metido? y no verlo más. Incluso gente de mi familia me amenazó con retirarme la palabra si no lo dejaba. Estuve mucho tiempo encabezonado, resistiéndome a tomar una determinación, yo no quería dejarlo porque me obligaran, quería dejarlo por decisión propia. Si lo dejas obligado acabas volviendo a caer. Además me sentía un poco culpable en el fondo porque aunque parezca increíble montar un cuento consume muchos recursos, te concentras tanto que abandonas tareas cotidianas y en vez de pensar cómo ganar más dinero o resolver cualquier asunto, se te van las horas pensando si un personaje debe doblar la esquina o contar un secreto. O corregir, para mi lo peor. Es un trabajo muy duro. Replantearlo todo sólo para que no se repita una palabra en un párrafo o releer una y otra vez para que no se escape ni una tilde. Total, una mañana me levanté y dije “ya está”. Lo dejé. Hasta ahora. Ni acordarme. Miento, me acuerdo porque sigo vivo y el mundo sigue siendo imperfecto y para mí los cuentos era como poner el mundo en orden, completar lo que falta. Claro que veo cosas y se me ocurren cuentos, pero ya no los escribo. Hay técnicas, por ejemplo; cuento hasta diez, hasta cien si es necesario a veces, o bien reemplazo el pensamiento; cuando el cuento empieza a formarse en mi cabeza, me concentro en algún problema cotidiano  e intento resolverlo mentalmente. Cuando te quieres dar cuenta has olvidado del cuento. Ya no te acuerdas de qué iba, ni qué pasaba. Ni te acuerdas ni te quieres acordar.

1 comentario:

  1. Veo que has ampliado el material de la novela, te ha quedado estupendo.

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