miércoles, 29 de junio de 2011

Espejos (1)


    Todas las mañanas lo encontraba delante del espejo. Era insufrible verle ahí, tan temprano, con esa cara de felicidad, dándose el aftershave o sacando lustre sus uñas. Al menos, podías ayudarme a pagar el alquiler, le dije una mañana. Al escuchar aquello, arrugó el entrecejo, ¿qué mosca te ha picado?, ¿a qué viene esto? Y se marchó a medio afeitar.
   Estuvo dos o tres días sin aparecer. Nunca se había comportado de aquel modo. Cuando discutíamos, acostumbrábamos a reconciliarnos a la mañana siguiente, más serenos, dispuestos a llegar a un acuerdo razonable. Pero aquella vez no parecía estar por la labor. Unos días después se presentó de nuevo.        Conforme, haremos un trato, dijo.
     - Iré a trabajar los lunes, miércoles y viernes. Y tú, los martes y jueves.
     - Y, ¿qué pasa con los sábados?
   De los sábados se ocupó un reflejo amigo suyo, Bruno, el doble de un actor que vivía en el quinto piso y, que debido a su capacidad para transfigurarse, hacía sustituciones para otros a los que no les gustaba su realidad.
   Fueron los días más felices de mi vida. Después de atusarme el bigote, volvía a la cama mientras mi otro yo se marchaba a la oficina y cumplía con nuestras obligaciones. El tiempo también se transfiguró, ya no se medía en tandas de ocho horas, en comidas indigestas. A veces, me quedaba a leer en casa o tomaba notas para un diario, el diario del hombre detrás del espejo. Otras veces, visitaba el puerto, o llamaba a alguna antigua novia. Qué cambiado estás, solían decir, te ha vuelto el alma. Era tan feliz, que una tarde le dije a Bruno que me sustituyera también los martes y jueves. Bruno aceptó de buen grado. Seguía el método Stanislavski, su propósito era interpretar a personas reales, tipos de la vida cotidiana, para convertirse en un auténtico actor.

1 comentario:

  1. Muy acertado. Lo difícil no es desdoblarse, lo verdaderamente difícil es llevarte bien con tu propio reflejo.

    ResponderEliminar